A veces me da la impresión de que si uno no deja que una IA le sople el código, parece que anda en carreta mientras el resto del mundo va en un Tesla. Pero, honestamente, hay algo que no me termina de cuadrar en toda esta bola que le están dando al tema.
Yo la uso, claro, sería de bobos no aprovechar que Gemini te escupe en tres segundos una estructura de tipos en TypeScript que a ti te llevaría diez minutos de puro bostezo. Pero de ahí a que la máquina piense por mí… hay un tramo largo, casi un abismo.
El asunto es que la inteligencia artificial es una maravilla para la carpintería barata. Me refiero a esas tareas que son un verdadero dolor de cabeza: reestructurar un JSON gigante que te manda una API, documentar procesos que ya tú sabes cómo funcionan o arreglar el nombre de las variables cuando el componente se pone pesado. Ahí sí, le das al botón y que trabaje el silicio. De hecho, Gemini para generar bloques de texto grandes es una bala, aunque a veces se lía con los tipos y te deja cada regalito que después tienes que andar limpiando a mano. Nada es perfecto, ya se sabe.
Note
Hay que andar con ojo con los despistes de tipado en el código que genera; a veces la IA alucina un poco con la lógica y te toca meterle mano para que no explote nada.
Lo que me resulta curioso es que ahora todo el mundo está obsesionado con Cursor y esos editores que parece que te leen la mente. Yo, por mi parte, sigo plantado en mi Neovim. Ni se me pasa por la cabeza meterle una IA ahí adentro.
Llámenme romántico o lo que quieran, pero escribir cada línea y moverme por los archivos con mis propios atajos me da una conexión con lo que estoy armando que ninguna sugerencia automática me va a dar.
Si dejo que el editor decida cómo resolver la lógica, ¿qué me queda a mí? ¿Darle al tabulador y ya? No sé, me da un poco de vértigo perder el hilo de mis propias ideas.
Al final, lo que más me escama es ese cuento de la “caja negra”. Imagínate que dejas que la IA te monte un componente complejo de arriba a abajo. Funciona, sí, pero no tienes ni la más remota idea de cómo.
El día de mañana, cuando algo falle (porque siempre algo falla), te va a tocar leerte doscientas líneas de código como si fueras un arqueólogo tratando de descifrar una lengua muerta. Es una pérdida de control total. Prefiero mil veces pasarme un rato más dándole a la tecla y saber por qué cada función hace lo que hace, que vivir bajo la dictadura de un código que ni yo mismo entiendo.
Para mí es una herramienta de apoyo, no el capitán del barco. La lógica, los errores y los aciertos prefiero que lleven mi firma, no la de un modelo de lenguaje que, por muy rápido que sea, no sabe lo que es fajarse de verdad con un bug a las tres de la mañana.